Un horno de leña no ofrece números estáticos: primero golpea la base, luego la bóveda devuelve radiación mientras el fuego muere. Aprovechamos ese descenso para piezas grandes y finales brillantes. Medimos con harinas espolvoreadas, gotas de agua, y un reloj interno cultivado en noches de hornadas largas.
Encina para firmeza, olivo para notas verdes, naranjo para un perfume casi festivo. La madera importa tanto como la harina. Humedad, corte y tiempo de curado deciden humo y brasas. En nuestros recorridos anotamos combinaciones que potencian almendra, yema, miel o chocolate sin enmascararlos.
La piedra refractaria guarda un sol invisible que pide paciencia. Las palas de madera evitan choques térmicos. Rotar bandejas a mitad de cocción corrige zonas frías. Y abrir apenas la puerta, en el instante justo, marca ese brillo que diferencia recuerdo entrañable de dulce sencillo.